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Mié, May

JUAN GUTIÉRREZ GARCÍA

Desde la Edad Media, los muertos más pudientes de la sociedad eran sepultados en el interior de los templos, mientras que los pobres lo hacían en los cementerios aledaños. En Mula está documentada la existencia de camposantos parroquiales en el siglo XIV. En tiempos de epidemia, lo normal era enterrar a los muertos junto a los lazaretos para evitar contagios. La peste bubónica padecida en Mula en la primavera de 1648 dejó más de 2000 muertos. Salvo algún privilegiado que fue inhumado en las iglesias, la mayor parte de los fallecidos fueron enterrados en fosas comunes en el huerto del Hospital de la Purísima.

Pasada la epidemia, los muertos volvieron a los templos y sus cementerios. Pero un suceso ocurrido en el pueblo guipuzcoano de Pasajes en 1781 vino a cambiar esta costumbre. Ese año, con motivo de la apertura de una sepultura en la iglesia parroquial, emanaron ciertos gases fétidos y altamente nocivos que desataron la peste en la localidad. El hedor era tan intenso e insoportable que se dice, hubo que desmontar el tejado de la iglesia para poder ventilar el templo. Como consecuencia de esta epidemia, dos años más tarde el rey Carlos III mandaba construir a extramuros el cementerio de la Granja de San Ildefonso (Segovia). El 3 de abril de 1787, por Real Cédula prohibía las inhumaciones en las iglesias y ordenaba la construcción de cementerios al aire libre y alejados de las poblaciones.

No sería fácil su implantación en una sociedad altamente sacralizada, de hecho, pasaron bastantes décadas antes de que se normalizara la construcción de cementerios civiles por la negativa de gran parte del clero y feligreses a abandonar esta práctica, unos por los numerosos dividendos que generaban las misas de difuntos y donaciones, y los otros para asegurarse la vida eterna. Por otra parte, la economía de la mayor parte de Ayuntamientos tampoco permitía su implantación.

En Mula, sería la epidemia de fiebre amarilla padecida en 1811 la que pondría fin a esta costumbre. Según recoge el libro de defunciones de San Miguel, el 5 de agosto el cadáver de J.M.M. era enterrado en el camposanto del hospital por orden de la justicia. El siete de septiembre tuvo que emitir una nueva orden la Junta de Sanidad para que los enterramientos se hiciesen en el referido hospital. A partir de aquí, la mayor parte de los difuntos fueron sepultados en este cementerio por estar relativamente fuera de la población.

Tendríamos que esperar a 1830 para que el primer cementerio civil en Mula fuese una realidad. A mediados de septiembre comienzan las obras por lo que el concejo pide se convoquen a los vecinos que tienen carros y caballerías para que transporten el material al pie de fábrica. Por su parte, el marqués de Menahermosa costea la portada de sillería en mármol rojo, por lo que el concejo viene a bien concederle ¡el funeral! o un panteón familiar. Pese a sus reducidas dimensiones, el camposanto del Cabezo del Sepulcro contaba con capilla y vía crucis siguiendo las directrices del cementerio de la Granja de San Ildefonso, del cual adoptaría el nombre. Fue inaugurado el 31 de enero de 1831 con la asistencia de autoridades civiles y religiosas.

Según el periódico muleño La Lata de 1897, este cementerio tenía una superficie de 40 m de longitud por 19 m de latitud, y en los 66 años que estuvo en servicio, fueron enterrados más de 30.000 cadáveres, muchos enterramientos para tampoco espacio. Si bien, según normativa, cada cinco años se hacía una monda (exhumaciones) en las fosas más antiguas para nuevas inhumaciones. Las Ordenanzas Municipales de 1859 obligaban a enterrar a los muertos con cal viva para acelerar su descomposición.

En 1884 el concejo da lectura de un informe en el cual se pide la ampliación del cementerio o la construcción de otro nuevo ya que el actual se encuentra saturado por el desorden en la construcción de panteones y nichos, y sería un peligro de salud pública al no haber sitio donde hacer sepulturas y fosas para los enterramientos. La ampliación era difícil al estar ubicado en plena huerta, por lo que se decide por uno nuevo. En 1888 se le encarga el proyecto a Justo Millán por el cual cobra 1000 pesetas. Pasaría casi una década antes de comenzar las obras.

En marzo de 1994 el pleno del Ayuntamiento aprueba definitivamente el proyecto y lo manda al Consejo de Sanidad Nacional para su aprobación. En Madrid el expediente queda estancado, la gestión incesante durante un mes en la capital del alcalde Juan Martínez con la ayuda del diputado por el distrito muleño, López Parra, se consigue su aprobación cuatro meses después. En abril de 1897 se nombra una Comisión formada por el alcalde, párrocos y personas influyentes de la población para conseguir los fondos necesarios para su construcción con la venta de parcelas y donativos, mientras que el terreno situado en el cabezo de San Sebastián es cedido gratuitamente por Carlos Belmonte, sobrino de Alfonso Chico de Guzmán.

Las obras comenzaron a principios de junio de 1897 prolongándose bastante tiempo pese a que la sencillez de la fábrica no era para que durase muchos meses. Es posible que la tardanza se debiera a la falta de financiación. Por fin, antes de que el siglo cerrase página, el 8 de diciembre de 1899 era bendecido el nuevo Cementerio Municipal de San Ildefonso por los párrocos de Santo Domingo y San Miguel con la asistencia de autoridades y vecinos. El triste «honor» de estrenar el nuevo cementerio le correspondió al joven F.C.B. ese mismo día.

El recinto es de planta rectangular adaptado a la orografía del cabezo, cerrado por una tapia de unos dos metros y medio de altura construida a base de tapial y rematada con teja árabe. Destaca la portada de ingreso labrada en mármol rojo con dintel sobre pilastras sin mucho ornamento y coronada con pináculos. En el zaguán de entrada se sitúan las dependencias, a la izquierda la vivienda del enterrador o conserje y a la derecha el depósito de cadáveres y sala de autopsias, hoy estas secciones están en desuso. Contaba con dos pequeñas puertas externas en las esquinas del muro principal, la derecha para los no católicos y la izquierda para los no bautizados. También cabe resaltar el portón de doble hoja que da acceso a la zona de enterramiento, forrado con chapa y que según reza en un grabado en la hoja derecha es de octubre de 1859. En la izquierda hay una inscripción en latín: FACIAT VOBISCUM DEUS MISERICORDIAN SICUT FECISTIS CUM MORTUIS, Ruth C.1 V.8, cuya traducción viene a decir: «Dios tenga misericordia de vosotros como hizo con los muertos». Tanto la portada de mármol como el portón son del antiguo cementerio.

Con el paso de los años, muchos cadáveres fueron trasladados del viejo cementerio al nuevo, sobre todo a principios de los años veinte tras conocerse el proyecto del ferrocarril que pasaba literalmente por medio del cementerio. También algunos sepulcros y mausoleos. Pronto la burguesía muleña de la época iría construyendo sus panteones en las calles principales y en torno de la explanada de la ermita que no se llegó a construir, presidida hoy día por un simple altar acompañado de un espectacular sepulcro de piedra. Panteones de todo tipo de estilos arquitectónicos de épocas pasadas: clásico, gótico, mudéjar, modernistas…, aunque lo que predomina son los panteones de sencilla construcción. Con el paso del tiempo y crecimiento de la población, el cementerio ha sido ampliado en varias ocasiones. Numerosos epitafios dan un toque literario a la muerte. R.I.P.

Publicado por Juan Gutiérrez García | Dic 11, 2019 | Colaboradores, Cultura, Historia, Juan Gutiérrez García, Mula

https://juangutierrezgarcia.wordpress.com/

Considerada como una de las ciudades señoriales más importantes de todo el sureste español, la localidad muleña expone orgullosa su Castillo como una de sus mayores señas de identidad.

 

El Ayuntamiento de Mula había depositado en la celebración y conmemoración del V Centenario de la Construcción del Castillo de Mula, muchas de sus expectativas turísticas para este año 2020, «La pandemia lo único que ha logrado ha sido atrasarla», me dice, convencido que se convertirá a medio plazo en una de las fotos de la Región para ofertar el turismo de interior, y es que el Alcalde de Mula, Juan Jesús Moreno, sabe lo que ha costado recuperar para la ciudad una parte importante de su historia. Castillo de Mula, historia viva El Castillo se ha convertido en los últimos años en santo y seña no solo de esta ciudad, sino que se ha erigido como un símbolo del movimiento ciudadano y en un emblema de la Región gracias, entre otras cosas, y no me cansaré de repetirlo, a aquella plataforma 'Mula por su Castillo', que a base de esfuerzo, imaginación y trabajo, consiguió remover corazones, y también a su Ayuntamiento, que entendió que era el momento en el que la justicia le estaba regalando una oportunidad única. Mula está considerada una de las ciudades señoriales más importantes del sureste español. Cuando uno visita la ciudad, entiende por qué.

 

Sus edificios, su historia y sus gentes hacen de ella una apuesta segura en turismo de interior. Quizás estemos ante una de las zonas turísticas en su conjunto (Patrimonial, Cultural, Gastronómico, Naturaleza, Paisajístico..), más importantes y completas de todo el arco mediterráneo, y en un radio de apenas quince kilómetros. ¿Quién ofrece más? En estos días de verano, Mula nos regala grandes posibilidades para conocerla en todo su esplendor y extensión. Eso sí, les recomiendo que antes de nada, se pongan en contacto con la Oficina de Turismo para planificar un día especial. Villaricos, la villa romana de hace dos milenios Iniciaremos nuestra propuesta antes de llegar a Mula, en el cruce de Yéchar y en dirección al embalse de la Cierva. Allí nos encontraremos con la Villa Romana de Villaricos, un asentamiento romano en zona rural construido entre los siglos I y IV d.C. Es imprescindible contactar con la Oficina de Turismo para concertar una cita con guía por un precio simbólico, que merece la pena ser visitado, estos días, es probable que se encuentren con el campo de trabajo que están trabajando allí; aprovechen y pregunten. Dar un pequeño paseo por el embalse (2 kilómetros) es un lujo al alcance de su mano.

A partir de las diez, el Convento de San Francisco, hoy convertido en la Oficina de Turismo y en un lugar de encuentro de exposiciones y manifestaciones culturales es el lugar idóneo para seguir conociendo esta ciudad. Desde aquí iniciaremos un recorrido por la ciudad. Pasaremos a ver su famosa y popular Casa Pintada para dirigirnos a la Plaza del Ayuntamiento, donde la Torre del Reloj y la Iglesia de San Miguel te esperan en una de las plazas más bonitas de la Región. No debéis faltar a la Cripta en San Miguel (en la Oficina de Turismo hay que avisar para no llevarnos la sorpresa de que esté cerrada). La plaza del Ayuntamiento, con su Castillo flotando sobre ella, es una de las imágenes que quedará eternamente en su retina y su memoria. Semana Santa de Mula y el arte religioso de la ciudad Desde la plaza tomaremos la Calle San Miguel, Chorrador, Sastres y Gradas de El Carmen. Por cierto, ver ascender por ellas los pasos de Semana Santa de Mula, es algo que cualquier amante de las procesiones debe hacer al menos una vez en su vida. Seguimos avanzando por Mirador de la Ermita del Carmen, Iglesia de Santo Domingo, Calle Monjas, y terminaremos esta primera parada en el Real Monasterio de la Encarnación.

 

Durante el recorrido, que dura aproximadamente una hora, depende del tiempo que dediquen a conocer el interior de sus Iglesias disfrutarás de atalayas con vistas a la ciudad que te harán mucho más amable las cuestas. Terminaremos a media mañana en la parte baja de la ciudad, donde se ubica su Museo de Arte Íbero de El Cigarralejo. No te lo pierdas. La gastronomía de Mula A mediodía, Mula tiene en la gastronomía uno de sus puntos fuertes. En la Plaza del Ayuntamiento, El Casino se ha convertido en referencia, aunque los amantes de las tapas tienen una cita obligada en el Bar de Juanjo, en la pedanía de La Puebla de Mula, donde María ha hecho de este rincón casi un 'santuario' de la tapa. En el Casino, les recomiendo, si van con tiempo y reserva, entréguense y déjense recomendar por José Miguel, responsable de su cocina. Casa de Cristo, conocido popularmente como 'La Crista', sin duda se ha convertido gracias sobre todo a una apuesta innovadora, respetando su pasado y su cultura, en punto de encuentro de la gastronomía muleña y de sus ciudadanos. Sebastián está capitaneando, a veces contra viento y marea, un cambio importante en este símbolo de la ciudad. En el Niño de Mula también encontraremos un lugar donde disfrutar, con sus restaurantes que siguen siendo parada obligada para cualquier buen comedor. Por la tarde, ver atardecer desde el Castillo de Mula es un lujo que tenéis al alcance de la mano, estoy convencido que no dentro de mucho, cuando esta crisis nos deje sacar el cuello un poco, el Castillo volverá más imponente que nunca.

 

Estos días de verano, Fuente Caputa se está volviendo a convertir en un pequeño lugar de peregrinación, y es que hay rincones que merecen la pena. La Almoloya: La Pompeya Argárica La AlmoloyaNo podemos terminar este paseo por Mula, sin desear, que dentro de poco, la Almoloya (Pliego y Mula) un recinto Argárico de primera magnitud, junto a La Bastida (Totana), pase a mostrarse al público como lo que es, uno de los símbolos patrimoniales más importantes de la Región. Visitar este recinto de poco más de tres mil metros cuadrados, sobre una atalaya que parece sacada de un cuento de dibujos animados, se convertirá en visita obligada no solo de turistas, sino lo más importante, de la comunidad educativa. No se la pierdan. Ah, y no olviden preguntar en la oficina de turismo por los Baños de Mula, allí les informarán correctamente de su oferta. Y es que Mula, como dice un responsable del ayuntamiento: «Es mucho más que un lugar; es su color, su historia, su pasión».

FUENTE: Miguel H. Valverde

En los últimos años se suceden, con frecuencia, noticias sobre la recuperación de monumentos y hallazgos arqueológicos en Mula. Esto no solo se debe a la inmensa riqueza cultural del municipio, sino también a una inercia positiva que le ha hecho saltar a la prensa nacional e internacional, con noticias como el sarcófago visigodo de Los Villaricos. Los muleños y muleñas han asumido que su conjunto histórico-artístico es algo vital en su futuro, la base de un turismo sostenible, ligado a sus virtudes como destino de interior. El hecho de que Mula y otras localidades del interior de la Región de Murcia conserven los mejores cascos antiguos se debe a varias razones. En primer lugar, su orografía. Caravaca de la Cruz, Cehegín, Moratalla o Jumilla se asientan sobre cerros fortificados, ocupados desde época muy antigua, en los que es inviable ejecutar grandes avenidas o edificios. También influye el tardío desarrollo económico, que ha evitado hacer tabla rasa como en muchas localidades de zonas con mayor renta per cápita (la Vega del Segura o la costa), donde la expansión de los servicios, el turismo o la industria aniquiló buena parte de sus cascos antiguos. Este atraso del interior, de economía aún hoy más agropecuaria, es una cuestión compleja. Por un lado, conlleva envejecimiento y despoblación, falta oportunidades para los jóvenes. Por otro, no necesita arrasar su casco antiguo para satisfacer la necesidad de nuevos barrios, que han surgido en las zonas llanas, fuera de los barrios históricos.

 

Cartagena y Lorca también han hecho del patrimonio uno de sus estandartes en las últimas décadas, por medio de consorcios turísticos que promocionan lo más relevante de ambas ciudades. Arqueología romana, fortalezas y Modernismo en el caso de la ciudad portuaria. Medievo, Renacimiento y Barroco en el caso de la ciudad del Sol.

 

Mula, un municipio de 17000 habitantes, conserva un conjunto de palacios, iglesias y conventos que han sobrevivido a desamortizaciones, guerras y apertura de nuevos viales. Eso da idea de su pasado esplendor, ligado a su condición de cabeza del marquesado de los Vélez, la única gran casa aristocrática del reino de Murcia (con dominios también en las comarcas almerienses del Almanzora y la Sierra de María), sin olvidar la elevada proporción de familias hidalgas que la habitaron. Algo infrecuente en el reino de Murcia, salvo en su capital y localidades como Caravaca y Cehegín. Esta condición de villa noble propició la edificación de ricos inmuebles religiosos y civiles, y el encargo de obras a artistas relevantes como Mateo Gilarte o Francisco Salzillo, entre otros. A ello debe unirse la enorme riqueza arqueológica de un alfoz que se extiende por más de 600 kilómetros cuadrados, con yacimientos de primero orden: hombre de Neanderthal (Cueva Antón), pinturas rupestres (abrigo de El Milano, patrimonio de la Humanidad), íberos (poblado y necrópolis de El Cigarralejo), romanos (villa de Los Villaricos), musulmanes (Castillo de Alcalá, en la Puebla de Mula).

Castillo de Mula visto desde la Plaza del Ayuntamiento y Torres del Reloj y de la iglesia de San Miguel.

 

 

La iniciativa ciudadana de Mula por su Castillo ha impulsado la recuperación para la propiedad pública de la mejor fortaleza renacentista de la Región de Murcia. Erigida por Pedro Fajardo, primer marqués de los Vélez, tras la guerra de las Comunidades, con el fin de sojuzgar a la levantisca oligarquía muleña. Ha pasado de símbolo de opresión señorial a principal emblema cultural del municipio. En manos particulares y abandonado a su suerte, el Ayuntamiento lleva años comprando diversos lotes y ahora ha iniciado el proceso de expropiación, por falta de mantenimiento de los últimos propietarios privados que se niegan a vender su parte. Un ejemplo a seguir para muchos bienes protegidos de la Región y otros lugares, que desaparecerán por falta de cuidados e inversión.

 

El Convento de San Francisco acoge el Museo de la Ciudad de Mula, de reciente creación. En vez de encargar una nueva obra faraónica, el Ayuntamiento compró el antiguo cenobio barroco y la iglesia (desamortizados) a sus propietarios. Se recuperó así uno de los inmuebles más extensos de la villa, dotándolo de una función cultural. El museo acoge un repaso de la historia de Mula y su comarca, con piezas excepcionales desde la Prehistoria hasta el siglo XX. Entre ellas, destaca el ajuar de la tumba principesca del yacimiento argárico de La Almoloya (Pliego), que pudo haber terminado en el Museo Arqueológico de Murcia de no ser por la movilización encabezada desde Mula. También el citado sarcófago visigodo de Los Villaricos, así como elementos de su almazara, la mayor de toda la Hispania romana.

 

La sacristía de la parroquia de San Miguel acoge la colección de pintura de la familia La Canal-Blaya. Conserva obras de los siglos XVI al XX. Otro espacio antiguo con uso cultural.

 

Antes Mula ya destacaba por dos museos ubicados en antiguas mansiones dieciochescas. El Cigarralejo, primero museo monográfico dedicado a los íberos, que ocupa el palacio del marqués de Menahermosa, siendo de gestión autonómica. En cuanto, a la Casa Pintada se ubica en el antiguo palacio de los Blaya, Molina, Piñero y Valcárcel, con una espectacular fachada de blasones esgrafiados. Acoge exposiciones de arte contemporáneo de la Fundación Cristóbal Gabarrón.

 

Retos pendientes de abordar son, en primer lugar, recuperar los bienes expoliados por las monjas clarisas que abandonaron el Real Monasterio de la Encarnación, llevándose esculturas, pinturas, orfebrería y demás arte mueble a otra comunidad autónoma, sin los permisos preceptivos. Después de años recibiendo dinero público para mantener el convento y restaurar sus piezas, pusieron pies en polvorosa. Los restos del palacio del marqués de los Vélez, en el barrio de Santo Domingo, que en su día fuera el de mayor extensión de todo el antiguo reino de Murcia, precisan una recuperación y puesta en valor. Aunque sus huertos fueron urbanizados, quedan restos de uno de sus patios, varios salones y la capilla. Hace pocos meses el Ayuntamiento compraba la antigua torre de la Puebla de Mula, atalaya de origen medieval que después sirvió como ermita. Recuperada también de manos particulares, será restaurada.

Fachada de la Casa Pintada y Capilla del palacio del marqués de los Vélez.

 

La ciudadanía muleña ha asumido la importancia de su pasado colectivo para construir un futuro más sostenible, que educará a las nuevas generaciones, además de generar valor añadido y atraer a aquellos turistas que visiten Mula y su comarca. Los motivos son diversos: Sierra Espuña, Vía Verde del Noroeste, baños termales, Semana Santa (con tamborradas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad), Romería del Niño del Balate, patrimonio monumental, gastronomía…

Ojalá que en el resto de la Región de Murcia se tomase buena nota: molinos de viento del Campo de Cartagena, monasterio de San Ginés de la Jara, barco fenicio de Mazarrón, cotos mineros de La Unión y Mazarrón, Monteagudo, acequias de la huerta… Si Mula lucha por su patrimonio buscando financiación autonómica, estatal y europea, el resto de municipios y la Consejería de Cultura deben seguir su estela de forma urgente.

 

FUENTE:

Raimundo A. Rodríguez Pérez Profesor Titular de Didáctica de las Ciencias Sociales (Universidad de Murcia)